“Felipe Romero – Fundación Mapfre y Museo de Arte Contemporáneo de Nimês” publicado por Roberta Bosco en Art Nexus 125 – Diciembre – Mayo 2026. (Texto en English)
El río Bravo, el cuarto más largo de Norteamérica, nace en las montañas de Colorado, y en Texas comienza a formar la frontera que separa a Estados Unidos y México a lo largo de 1.100 kilómetros, hasta desembocar en el golfo de México. Desde que dio nombre a la célebre película de Howard Hawks con John Wayne en 1959, el río Bravo forma parte del imaginario colectivo para bien o para mal. ¿Cuántas historias podría contar? ¿A cuántas tragedias, a cuántos amores y muertes asistió hasta convertirse en el título de una magnífica exposición del artista colombiano Felipe Romero Beltrán (Bogotá, 1992), curada por Victoria del Val, que, tras su paso por las sedes de la Fundación Mapfre en Barcelona y Madrid, se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo de Nimês hasta marzo de 2026?
“Bravo”, así a secas, sin necesidad de calificativos, como queriendo reforzar la ambigüedad que le caracteriza (¿camino de huida hacia la libertad o trampa infernal?), se abre con El cruce, una pieza audiovisual que ofrece nuevas visiones del río ajenas a su papel de confín, porque más allá de las historias de los migrantes intentando cruzar hacia el sueño americano, están su espera y su vida cotidiana, con alegrías y dolores, ceremonias religiosas de todo tipo, e incluso competiciones de pesca. Con esa mirada dinámica a 360º, el artista introduce las 52 fotografías que reflejan las múltiples realidades del río Bravo a través de imágenes de arquitecturas, personas y paisajes divididas en secciones, tituladas “Cierres”, “Cuerpos” y “Brechas”.

Felipe Romero. Amigo de El Friki y pared rosa, 2021-2024. Impresión Lambda. 120 x 150 cm (47 x 59 pulgadas). Cortesía: © Felipe Romero Beltrán.
Proyecto ganador de la segunda edición del KBr Photo Award, “Bravo” se sitúa en los límites de la fotografía documental, hibridando este lenguaje con elementos más cercanos a lo artístico, lo pictórico e incluso lo performativo. Al reflexionar sobre la identidad y la frontera, las imágenes de “Bravo” revelan cómo el entorno puede reflejar y transformar la experiencia humana. De hecho, el río Bravo resulta emblemático del interés que Romero Beltrán manifiesta a lo largo de toda su trayectoria por los territorios que han sido o son escenario de tensión y conflictos. Su particular condición geográfica fronteriza ha contribuido a reforzar su carga política y a acumular, desde el siglo XIX, choques y colisiones, hasta llegar, en los últimos años, a una situación insostenible. Situación que revela sus rasgos más violentos en los restos de un coche quemado o en los impactos de balas en las paredes de las casas, algunos tapados con papel o cemento sobrante, otros ensanchados hasta convertirlos en pequeños escondrijos.
Otro río, el colombiano Magdalena, utilizado como cementerio de asesinados durante casi cincuenta años de guerra civil, protagonizó su primer proyecto con cierto reconocimiento. En él, Romero Beltrán habla de este río, uno de los más importantes de su país natal, que fue testigo mudo del conflicto entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Estado, que se concluyó con la firma de los acuerdos de paz en 2016. En este proyecto, Romero Beltrán consigue inmortalizar la rebelión del río, que, con la fuerza de sus remolinos, expulsa los cuerpos mutilados de aquellos que fueron lanzados al agua, negándoles no solo la vida, sino también un entierro digno y un lugar donde los suyos pudieran llorarlos. El río Magdalena y el río Bravo han sido y siguen siendo escenarios y testigos de crímenes atroces, detenciones y muertes, pero también de alegrías, bodas e inesperados nacimientos.
A pesar de abrir la exposición con una obra que se titula El cruce, Romero Beltrán no se concentra en el momento del atravesamiento, sino en la espera, tan larga y desesperante que parece eterna. Una espera que se desarrolla en habitaciones desnudas, en las que apenas aparecen una mesa, una silla o un colchón, imágenes de carácter casi pictórico que, en ocasiones funcionan, como protagonistas y, en otras, como escenario de retratos de mujeres y hombres, cuyas miradas acentúan la idea de tiempo suspendido, de vida en pausa. Estos rostros, junto con los austeros bodegones de los objetos cotidianos de sus propietarios, remiten a cierta imaginería religiosa que mezcla la fe católica con el sincretismo de las creencias ancestrales autóctonas: el lavatorio de los pies, los cuerpos desnudos yacentes, como de un Cristo barroco, y las facciones cansadas de estos mártires contemporáneos. Los paisajes de un territorio herido y maltratado, testigos y escenarios de la violencia de los elementos y de los seres humanos, cierran el emocionante recorrido de este poderoso ensayo visual, que logra captar la compleja y a menudo dolorosa condición de los territorios fronterizos y de quienes los habitan.